La orfebrería, o “Auri Faber” en latín, está considerada como una de las expresiones más antiguas del ser humano. El buen hacer de los maestros orfebres, ha dado renombre a este antiquísimo arte que ha servido a las sociedades antiguas y modernas para perpetuar, entre otras cosas, su visión del tránsito de la vida y la muerte. A diferencia de la joyería, la orfebrería suele trabajar objetos de mayor envergadura que suelen cumplir un fin utilitario, espiritual, jurisdiccional o estamental. No obstante, los objetos de orfebrería siempre deben cumplir la función para la que fueron creados. Existen dos tipos de vertientes en este arte; La orfebrería religiosa y la orfebrería civil. La industrialización y producción en serie de objetos cotidianos en polímeros plásticos y metales no preciosos, ha hecho que este antiguo oficio casi desaparezca. Después de décadas de producción de plástico en masa, gran parte de la humanidad tiene acceso a objetos antes reservada sólo para los Faraones, Reyes o Emperadores. Sin embargo, la producción de plástico está alterando nuestro ecosistema a un ritmo vertiginoso y el mal hábito de consumo de “usar y tirar” no permite que nuestro ecosistema se recupere. En contraposición, los metales precisos no se deterioran con ningún agente natural ni liberan partículas tóxicas que traspasan a nuestros alimentos. Estos elementos tienen propiedades profilácticas, entre ellas la antibacteriana ya que ninguna bacteria puede habitar en su superficie. La búsqueda personal del orfebre tiene que responder a la necesidad de crear objetos que interactúen con nosotros de una forma más inteligente y realizar piezas de diseño que sean útiles y decorativas capaces de trascender generaciones.